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Mis comienzos son los típicos de tantos artistas de mi generación, donde las escuelas de arte no abundaban y, las que había, no respondían a las inquietudes del momento; más bien estaban dormidas en un sueño neoclásico. También coincide una época muy especial: mi adolescencia corresponde a las inquietudes del 68, lo cual quiere decir que a aquel espíritu reivindicativo y de búsqueda, las autoridades consagradas y establecidas no agradaban. Aparte de los acontecimientos de tipo socio-político, todas las sociedades europeas buscaban nuevos referentes en prácticamente todas las disciplinas.

Fue la época de la popularización del psicoanálisis, de la gran eclosión sobre los libros de arte y artistas, el anarquismo como reflejo de tirar por tierra los valores establecidos y un ansia enorme de buscar, incluso en la convivencia, nuevas formas de relación alternativas a la familia. Es la época del hippismo, de las comunas, del cuestionamiento de la religión, etc. Lógicamente en ese ambiente –y haciendo de la necesidad virtud– era de lo más normal nacer artísticamente como autodidacta. Mis primeras obras –estilísticamente hablando– reflejan un interés por el expresionismo, el surrealismo, la fascinación por el psicoanálisis y –como no, dada la juventud– un interés sexual explosivo.

Además, mi manera de dedicarme al arte –compaginada con mis estudios– era como la plasmación de determinadas inquietudes. Como una forma de encontrar una cierta identidad y, ni por asomo, se me ocurría pensar que pudiese llegar a ser una forma de vida. Y no porque no lo viera en otros, sino que el camino era tan arduo y tan desconocido, que esta opción era prácticamente imposible. Sin embargo, es cierto –y no soy el único caso– que una vez comenzado este camino te hace inmune a cualquier otra alternativa.

Hubo épocas, sobre todo en obras de gran tamaño, que me tentaban mucho los aspectos arquitectónicos. También, y más allá de los aspectos anecdóticos, la pureza de volúmenes y de líneas y el perfecto acabado. La escala, como ideal, siempre era la monumental. La obra pequeña siempre era un estadio que aspiraba a esa dimensión superior, para poderse considerar obra definitiva. Alterné el interés por la policromía –con la característica singularizadora que tiene– con el color uniforme, que subraya la forma. Dicho en otras palabras, obras policromadas en resinas, con obras en bronce.


Una característica que la evolución artística contemporánea ha favorecido es la creación de obras o grupos que establecen relaciones entre sí en un espacio determinado, creando una especie de mundo paralelo, al que podemos observar, pero no participar. Esta especie de retablos vivientes es mi investigación en el presente.

Obras de los años 90

In the 80's I began to make a type of work of evident biographical projection. They were paternity, where a young and muscular man protected or cared for an infant. They were works of strong emotional impact, of which there are some examples in public spaces.

Obras de los años 80

Se me antoja que toda mi evolución es como un núcleo al que se le van superponiendo capas, que cada vez lo engrandecen más, lo hacen más complejo, pero en el que no hay partes muertas o caminos desechados, sino que las preocupaciones iniciales –en esencia– siguen teniendo vigencia hasta el presente.

El siguiente paso fue una mezcla de contradicciones: juntar en un mismo personaje la plasmación de la fuerza y la blandura, lo musculado y lo fofo, el carácter masculino y femenino, lo joven y lo viejo. Esta especie de personaje contradictorio y compendiador, universal y sintético, en cierto aspecto, constituyó la esencia de mi obra casi hasta el presente. Evidentemente, algunos aspectos tardaron más en desarrollarse que otros. La apariencia femenina o andrógina fue anterior a la claramente masculina. Lo viejo fue antes que lo joven. Algunas de estas obras están instaladas en espacios públicos, donde encajan bien en nuestro entorno porque su aspecto geológico evoca nuestras montañas redondeadas, llenas de rocas protuberantes y transmiten una sensación entre suave y poderosa.

Estas obras, del año 74, son un buen ejemplo de mis primeros trabajos. En ellas son evidentes el interés por las formas rotundas, como dibujadas en el espacio, características desarrolladas posteriormente a lo largo de toda mi obra.

Mis primeras obras fueron de pintura. Podríamos considerarlo un laboratorio donde fui cogiendo la suficiente seguridad en mi quehacer, que preparó mi introducción a la escultura. Como suele ocurrir, este paso estaba anunciado por mi interés en realizar personajes muy nítidos de forma, sobre un fondo que contextualizaba a dicho personaje. Ese interés en la narrativa personalizada facilitó el paso a la escultura, donde estos personajes se corporeizan de tal forma que pierde interés el contexto y sólo existe dicha forma. Como decía, la temática estaba influida por el expresionismo y creando imágenes a las que era fácil incluir dentro de una cierta visión surrealista.

Este quehacer duró relativamente poco tiempo. Luego, las necesidades económicas y el deseo de independencia, me llevaron a aceptar trabajos en el catastro, de fácil entrada en aquellos años. Esto me puso en contacto con un mundo rural de una forma más intensa de la que conocía hasta ese momento. Fue el encuentro con una naturaleza que se me antojaba virgen, llena de castaños centenarios que parecían haber explosionado y sólo mantenían el dramatismo de sus carcasas. Con el románico y el barroco popular en unas imágenes que, cuando muchos años después estuve en México, pude apreciar en abundancia. Y en ese sentido ver las raíces profundas y populares de obras como las de Frida Kalho.


Estas obras son del año 75

Esta nueva influencia me llevó a un cambio radical de obra. Empecé a reflejar personajes como salidos de la tierra, escenas colectivas, en definitiva –sin perder el bagaje anterior– creé un universo que debía mucho a la cultura popular. Coincidía además que en mi ciudad este tipo de arte tenía figuras muy destacadas, siendo para mi el más entrañable Arturo Baltar. Con los años, este artista –de cierto sentido Naïf– produjo retablos y pequeñas instalaciones de un carácter poético inigualable.

Con la vuelta al medio ciudadano, mi interés artístico fue evolucionando hacia visiones mucho más realistas y desprovistas de cualquier elemento que yo considerase literario. Esto no sólo se refiere a las ropas u objetos que portasen, sino incluso al pelo que, como objeto muy sujeto a modas, termina definiendo épocas. Me tomé con cierta disciplina el aprendizaje de la anatomía, al punto de llegar a crear obras que se me antojaban como máquinas de torsión y que las masas musculares tenían que reproducir de una forma visual la tensión, la torsión, o cualquier otra de las posibilidades que se diese en estas masas, pero donde fuese muy evidente de dónde partía el primer movimiento y sus consecuencias. Todo esto, lógicamente, sin disminuir en ningún momento el interés por las expresiones faciales como motor de comprensión de toda la obra.